martes, 12 de octubre de 2010

Un partido contra fantasmas

Diario El Tiempo, Colombia
29 de noviembre de 2008
Por Jorge Barraza


Francisco 'Chamaco' Valdés, fino y letal interior derecho chileno, entró al área sin oposición y metió un derechazo inatajable hacia el arco vacío. Tan inatajable que el gol era en el Estadio Nacional, en Santiago, y el arquero ruso estaba durmiendo en Moscú. Unos 15.000 hinchas en las tribunas celebraron tibiamente el 'gol', más sonrientes que eufóricos. Presenciaban lo que sería un suceso grotesco e histórico. Fue el 21 de noviembre de 1973; acaban de cumplirse 35 años. Chile clasificó esa tarde al Mundial 74, acompañando a Brasil, Argentina y Uruguay. Al ganar el grupo C de la eliminatoria suramericana, Chile debió disputar un repechaje ante la Unión Soviética. Había premio grande para el vencedor: un boleto para Alemania 74. El 26 de septiembre de 1973, en el estadio Lenin, de Moscú, la 'Roja' puso coraje y aguantó un 0 a 0 que lo perfilaba mejor para el desquite como local. 'El partido de los valientes', tituló Axel Pickett su libro, una investigación detallada sobre el tema. La delegación chilena partió hacia la patria de Dostoievski solo seis días después del sangriento golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende. Miles de personas estaban siendo encarceladas y torturadas en toda la extensión del longilíneo país austral por el régimen de Augusto Pinochet. Y el Estadio Nacional era el principal centro de detención. Varios futbolistas habían caído en las redadas. La estrella del equipo nacional, Carlos Caszely, estaba tachado de izquierdista, igual que el 'Pollo' Véliz, 'wing' izquierdo; el zaguero Leonel Herrera y el técnico Luis Alamos. Se salvaron tal vez por la necesidad de jugar el definitorio partido. El padre de Nelson Vásquez, delantero suplente, había sido 'chupado' por las fuerzas de seguridad y se ignoraba su paradero. Vásquez se puso firme: "Si mi padre no aparece, no viajo". Ir al Mundial era una cuestión importante, casi de Estado. Se hicieron gestiones y el hombre fue liberado: Vásquez viajó. Todo el viaje fue tenso. La URSS había roto relaciones diplomáticas con Chile. Al llegar a Buenos Aires, primera escala del largo periplo, un enjambre de periodistas se abalanzó sobre los viajeros. "¡Qué famosos somos!", pensó Véliz. Nada que ver: la prensa quería saber de primera mano si eran ciertas las noticias atroces que llegaban del otro lado de la Cordillera. A la hora de la revancha, la federación soviética avisó a la Fifa que no iría a jugar a un país convulsionado políticamente y en un estadio que era recinto de torturas (rigurosamente cierto). Y, vale agregarlo: donde se fusilaba o desaparecía a militantes comunistas, afines al régimen soviético. Chile dijo que cómo... Qué están diciendo... Y la Fifa ordenó una inspección del Estadio Nacional. Se produjo el 24 de octubre y fue bastante superficial. Los militares despejaron los camarines, escondieron a los presos en otras dependencias y Helmut Käser y Abilio D'Almeida, los observadores, aprobaron el escenario. "Hubo ocultamiento de detenidos, para qué mentir. Éticamente es cuestionable lo que hicimos, pero había muchas presiones", se defendió Francisco Fluxá, entonces presidente de la Asociación Central de Fútbol, en una nota recordativa publicada por el diario 'La Tercera' en el 2003. Uno de esos detenidos era Hugo Lepe, zaguero de Colo Colo, primer presidente del Sindicato de Futbolistas Profesionales, tildado de activista peligroso. "Al volver de Moscú me enteré de que Hugo estaba detenido", relata 'Chamaco' Valdés, gran ídolo futbolístico del país. "Pedí una audiencia a Pinochet y me atendió. Intercedí por mi compañero. Me dio un carné para presentar ante cualquier autoridad militar. 'Apúrese -me dijo-, sugiriéndome que podía morir en cualquier momento. Afortunadamente, tras mucha búsqueda, lo encontré y fue liberado". A medida que avanzaba la fecha del encuentro, más se especulaba con la comparecencia soviética en la revancha. Hasta horas antes se decía que estaban escondidos en Argentina y que llegarían justo a la hora del partido. La orden chilena fue alistar el equipo e ingresar a la cancha a cumplir con el reglamento. Lo insólito: no entró el árbitro austriaco Eric Linemayr, designado por Fifa, sino un propio chileno, Rafael Hormazábal. Y que Chile, sin rivales enfrente, moviera el balón, avanzara y anotara el ridículo gol. A miles de kilómetros de allí, Evgeny Rudakov, arquero ruso, vio posteriormente las imágenes de los delanteros yendo hacia 'su' arco. Lo recuerda como un gigantesco absurdo: "¿Por qué hicieron eso...? ¿Acaso no estaba en el reglamento que si un equipo no se presenta pierde automáticamente 2 a 0...? Y ese gol también sería inválido, pues fue un pase hacia delante, con lo cual es 'off-side'." Uno de los 15.458 espectadores de aquel extraño 'match' era Hugo Lepe, quien después de lo vivido se atrevió a volver al Estadio Nacional para abrazar a su amigo. "Hugo, ¿tú aquí...? ¿Tai loco...?", preguntó el 'Chamaco' Valdés. "Lo que pasó ya pasó, ahora te vengo a ver jugar", respondió Lepe.
http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-4695071

URSS 0-Chile 0. El partido de los valientes

Revista El Sábado de El Mercutio
Sábado 17 de Enero de 2004
Lo más interesante y atractivo de la crónica no es la picardía tan chilena que muestra ni las trampas insalvables de la memoria, sino cómo Pickett, escondido tras las preguntas, logra dar forma a un relato sin hacerle caso a la épica con que quisieron adornarlo, más en nombre de la política que del deporte; en cambio, restituye a sus personajes en su dimensión más humana.

Esta crónica de Axel Pickett se inscribe en la ya muy generosa bibliografía sobre hechos ocurridos hace treinta años, pero desde un ángulo novedoso que también puede formar parte de la historia del deporte nacional. En rigor, aunque aporta a ambas vertientes, se trata de una crónica pura y dura que no se desvía de su objetivo, la reconstrucción del ya mítico viaje de la selección chilena a Moscú, en septiembre de 1973, a disputar el partido de ida con la selección soviética por las eliminatorias del Mundial de 1974.

Contra la moda actual del cronista protagonista, que da cuenta de sus aventuras por el mundo o bien dedica un generoso número de páginas a mostrar cómo llevó a cabo la investigación, el viaje o lo que fuere, Pickett se esconde casi por completo. La presencia del narrador está indicada por las negritas, cuando se trata de preguntas, o en breves intervenciones para señalar las contradicciones entre los personajes o para ampliar muy brevemente el contexto de las declaraciones. De esta manera, la crónica se libera de todo peso innecesario y gana notablemente en verosimilitud.

De paso, o "de refilón", como dice Nibaldo Mosciatti en el prólogo, muestra también "un Chile que ya no está, el que se perdió y terminó ese año 1973", un país más provinciano, claro está, lleno de gestos que hoy costaría presenciar.

La fecha original de partida era el mismo día 11, a las seis de la tarde. Allí comienza el desquiciamiento, con los jugadores tratando de llegar a Pinto Durán en medio de tiroteos o regresando por calles sembradas de cadáveres. Tras ese puntapié inicial, Pickett da paso al tema netamente futbolístico, desde los preparativos hasta el larguísimo viaje, plagado de escalas, el enfrentamiento en la cancha y el también largo regreso. La crónica es sabrosa por un doble motivo: por un lado, recoge los coloquialismos propios de los futbolistas y, por otro, las distintas versiones inscritas en la memoria de los participantes. A ratos parece que se hubiera tratado de dos viajes diferentes, por la disparidad de recuerdos respecto de los mismos hechos. El cronista no se casa con ninguna, lo que da, a ratos, un aire surrealista y casi fantasmal al relato. Lo más interesante y atractivo de la crónica, sin embargo, no es la picardía tan chilena que muestra ni las trampas insalvables de la memoria, sino cómo Pickett, escondido tras las preguntas, logra dar forma a un relato sin hacerle caso a la épica con que quisieron adornarlo, más en nombre de la política que del deporte; en cambio, restituye a sus personajes en su dimensión más humana, desde el miedo a los aviones hasta los gestos rebeldes "como de cabro chico", según dice el Pollo Véliz, desde la obsesión por la cultura del Zorro Álamos hasta los juegos de cartas en las habitaciones del hotel moscovita, pasatiempo preferido antes que un paseo por la Plaza Roja.

http://diario.elmercurio.cl/detalle/index.asp?id={055d656d-6d0b-41f1-a142-097dd985bca7}

El Partido de los Valientes

URSS 0 - Chile 0, Moscú, 26 de septiembre de 1973
EL PARTIDO DE LOS VALIENTES
Autor: Axel Pickett
Editorial Aguilar, 2003.