Revista El Sábado de El Mercutio
Sábado 17 de Enero de 2004
Lo más interesante y atractivo de la crónica no es la picardía tan chilena que muestra ni las trampas insalvables de la memoria, sino cómo Pickett, escondido tras las preguntas, logra dar forma a un relato sin hacerle caso a la épica con que quisieron adornarlo, más en nombre de la política que del deporte; en cambio, restituye a sus personajes en su dimensión más humana.
Esta crónica de Axel Pickett se inscribe en la ya muy generosa bibliografía sobre hechos ocurridos hace treinta años, pero desde un ángulo novedoso que también puede formar parte de la historia del deporte nacional. En rigor, aunque aporta a ambas vertientes, se trata de una crónica pura y dura que no se desvía de su objetivo, la reconstrucción del ya mítico viaje de la selección chilena a Moscú, en septiembre de 1973, a disputar el partido de ida con la selección soviética por las eliminatorias del Mundial de 1974.
Contra la moda actual del cronista protagonista, que da cuenta de sus aventuras por el mundo o bien dedica un generoso número de páginas a mostrar cómo llevó a cabo la investigación, el viaje o lo que fuere, Pickett se esconde casi por completo. La presencia del narrador está indicada por las negritas, cuando se trata de preguntas, o en breves intervenciones para señalar las contradicciones entre los personajes o para ampliar muy brevemente el contexto de las declaraciones. De esta manera, la crónica se libera de todo peso innecesario y gana notablemente en verosimilitud.
De paso, o "de refilón", como dice Nibaldo Mosciatti en el prólogo, muestra también "un Chile que ya no está, el que se perdió y terminó ese año 1973", un país más provinciano, claro está, lleno de gestos que hoy costaría presenciar.
La fecha original de partida era el mismo día 11, a las seis de la tarde. Allí comienza el desquiciamiento, con los jugadores tratando de llegar a Pinto Durán en medio de tiroteos o regresando por calles sembradas de cadáveres. Tras ese puntapié inicial, Pickett da paso al tema netamente futbolístico, desde los preparativos hasta el larguísimo viaje, plagado de escalas, el enfrentamiento en la cancha y el también largo regreso. La crónica es sabrosa por un doble motivo: por un lado, recoge los coloquialismos propios de los futbolistas y, por otro, las distintas versiones inscritas en la memoria de los participantes. A ratos parece que se hubiera tratado de dos viajes diferentes, por la disparidad de recuerdos respecto de los mismos hechos. El cronista no se casa con ninguna, lo que da, a ratos, un aire surrealista y casi fantasmal al relato. Lo más interesante y atractivo de la crónica, sin embargo, no es la picardía tan chilena que muestra ni las trampas insalvables de la memoria, sino cómo Pickett, escondido tras las preguntas, logra dar forma a un relato sin hacerle caso a la épica con que quisieron adornarlo, más en nombre de la política que del deporte; en cambio, restituye a sus personajes en su dimensión más humana, desde el miedo a los aviones hasta los gestos rebeldes "como de cabro chico", según dice el Pollo Véliz, desde la obsesión por la cultura del Zorro Álamos hasta los juegos de cartas en las habitaciones del hotel moscovita, pasatiempo preferido antes que un paseo por la Plaza Roja.
http://diario.elmercurio.cl/detalle/index.asp?id={055d656d-6d0b-41f1-a142-097dd985bca7}
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